17 November, 2009

Te perdimos, Anna.

Anna, muñeca de papel arrugada por mí, mirada en la lupa de mis investigaciones, moviéndote bajo mi microscopio, cómo te extraño ahora, Anna, mi muñeca, mi muñeca de papel.

Te tengo escrita en las 10 primeras páginas de mi libro, y también en la 33 y en la 77 y en la frase final. Estoy derrochando tinta en cosas nimias, sin sentido, porque verás Anna, no quiero escribirte más.

Esas letras llevan mi sangre, están envejeciendo conmigo, y se llevan solas las memorias que deberían ser por siempre mías.

Como pintarte, con tus ojos brillantes, siempre tristes y a punto de llorar. Como tomar el color en mis manos y saber que esos son los que te dibujarán, y que allí en el lienzo estarás tu. No puedo Anna, no puedo.

Mis dedos son pequeños y ya no tienen la fuerza con la que te sostuvieron. Anna, te veo. Te veo en todos esos años en los que no estarás conmigo.

¿A donde irás?

¿A quién amarás?

Ahora que no sabes de dónde vienes, y tu memoria es el papel blanco que usé para doblarte cuidadosamente y ponerte en mi mesa de dibujo, ¿será posible que aunque al verme no me reconozcas, algo en ti quede de mi?

¿Será que en tus sueños oyes mi voz leyéndote a Bastian Baltazar Bux, y acariciando tu pelo?

Anna, niña. Mi niña. Las tizas que me diste se mojaron un día de lluvia en que se inundó mi apartamento. Los libros de las enciclopedias que mirabas con ojos como casas, tienen ahora las hojas torcidas como los caminos de Guateque y huelen a lluvia airosa.

Como te extraño, muñeca de papel.

En éstas noches sin estrellas pienso en las luces que quietas en el cielo nos vigilaban mientras luchábamos como gladiadores bajo las cobijas, mientras tus besos me vendían a la muerte de la noche, la Judas de mi vida, esos mismos besos con los que Magdalena, me levantabas en las mañanas.

Estamos por fin solos tu y yo en mi cabeza. Sabes bien que eso es difícil, porque tu mejor que nadie conoces a todos los que habitan ahí arriba, y sabes también que no se van, pero tampoco pagan la renta. Estamos solos y en mi cabeza te veo, como te vi tantas veces en mis brazos. Duermes apacible y sonríes.

Anna, tengo que decirte... me ando yendo. En ésta ciudad ya no hay más espacio para dibujantes locos con síndrome de risa muy aguda. Tu ya no andas por éstas calles, por lo tanto han perdido cualquier importancia para mí. ¿Qué haré ahora, me preguntas? He decidido hacer lo que siempre quisimos.

Ahora yo, me iré por el mundo rcogiendo mangos, Anna.

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